• página
  • 1

Henry George, "The Kearney Agitation in California", extraído de Popular Science Monthly (agosto de 1880):

Si bien es una ciudad pequeña en comparación con otras, San Francisco, en esencia, es más metropolitana que cualquier otra ciudad de Estados Unidos después de Nueva York. Con respecto a población, territorio y centro comercial, financiero y político, es superior a Nueva York. San Francisco no tiene competencia. A lo largo de varios kilómetros se habla de su bahía como "la bahía", y no es solamente una gran ciudad, sino "la ciudad".

Si bien el elemento europeo está ampliamente representado en San Francisco, me inclino a pensar que es la ciudad más americanizada de las ciudades del Este. La razón por las que así lo considero no surge solamente de la inmigración más activa e inteligente que recae sobre la costa atlántica y que, en términos generales, sólo llegó hasta California después de una estadía más corta o más larga en la mayoría de los estados del Este, sino que también surge del hecho de que la población estadounidense proviene de todos los distritos del país. Además, desde los primeros días, la inmigración fue básicamente de individuos en vez de colonias o familias, y la mezcla ha sido más compacta. A excepción de los chinos, aún no se ha producido la polarización en comunidades definidas que generalmente divide a las poblaciones mezcladas.

Contraria, también, a la reputación que parece tener, San Francisco es una ciudad muy ordenada. Si bien la fuerza policial se duplicó en los últimos años, es poca en relación con la población y en comparación con otras ciudades. Los chinos circulan por las calles con mucha más seguridad de la que imaginé que tendrían en cualquier ciudad del Este cuando constituyeran un gran número. A pesar de todos los matones que se dice que hay, no se evidencian muchos desórdenes públicos ni tampoco muchas peleas callejeras, hecho que resulta, en parte, de la costumbre generalizada de portar armas.

Ni el comunismo ni el socialismo (entendiendo por estos el deseo de cambios sociales radicales) han progresado demasiado en California hasta ahora, debido a que la presencia de los chinos ha llamado poderosamente la atención a la clase trabajadora. Parece que dicha presencia brinda una explicación suficiente de la reducción en los salarios y de la dificultad para conseguir un empleo. Sólo los más reflexivos se han percatado de que en otras partes del mundo donde no hay chinos la condición de la clase trabajadora es peor que en California. En el tumulto de las masas, la maldad de la competencia que suponen los chinos ha excluido cualquier otro tipo de pensamiento. Y en este sentimiento antichino no existe, por supuesto, nada que se pueda considerar socialista o comunista. Por el contrario, los socialistas y los comunistas son más tolerantes con los chinos que cualquier otro grupo que está o se siente amenazado por su competencia. No sólo existe la gran idea de igualdad entre los hombres en la base de lo que llamamos socialismo y comunismo, sino también en sus seguidores, que buscan cambios en las instituciones esenciales de la sociedad como la única solución para mejorar la condición de las masas. Sólo pueden considerar la inmigración china como un mal menor, en caso de que en un estado propiamente social dicha presencia pudiera constituir algún tipo de mal. Tampoco subyace en este sentimiento antichino nada esencialmente foráneo. Aquellos que hablan de la oposición contra los chinos como antiamericana dejan pasar por alto muchos hechos si sólo se refieren a que debe ser antiamericana.

En pocas palabras, no puedo distinguir, según las condiciones en las que se originó este disturbio, nada peculiar en California. Tampoco puedo considerar el sentimiento antichino como algo sólo de la región porque seguramente se dispersará en el Este si la inmigración china continúa. Además, relacionado a esto, su naturaleza y sus efectos no difieren sustancialmente de aquéllos que se dan en otros lugares por otras causas. El factor principal que subyace en este problema es el descontento popular, y, donde existe tal descontento, si no hay un Jonás, habrá que encontrar alguno. De esta manera, una y otra vez el descontento popular recae sobre los judíos, y existe entre nosotros una gran clase que convierte al "extranjero ignorante" en el mismo chivo expiatorio para todo tipo de desmoralización y corrupción políticas.

En California, el descontento social y político fue creciendo, pero las principales causas no difieren de las que generaron la misma insatisfacción en otros lugares. Algunos de los factores de este descontento quizás se hayan desarrollado más en California que en otros lugares más antiguos, pero me inclino a pensar que esto es así meramente porque en los estados más recientes las tendencias se ponen de manifiesto con mayor rapidez. Por ejemplo, la concentración de todo el sistema ferroviario en manos de una sociedad limitada es notable en California, pero hay una clara tendencia a tal concentración, que año a año y sin interrupción va unificando la administración del ferrocarril a lo largo de todo el país.

La "gran cultura" de la agricultura automatizada requiere de numerosas cuadrillas en determinadas temporadas, que luego quedan a la deriva cuando se levanta la cosecha, y también sirve para llenar a San Francisco de hombres desempleados cada invierno. Esta cultura es definitivamente la tendencia del sistema agrícola estadounidense y se está desarrollando más rápido en el noroeste que en California.

Más allá de esto, el impulso que incitó este problema en California vino desde el Este. Para conocer el origen del Kearneyism, o más bien el impacto que activó fuerzas generadas por el descontento social y político, debemos recurrir a Pittsburgh y a las grandes huelgas del ferrocarril de 1877.

En California, donde se estaba gestando una huelga similar a partir de que la empresa ferroviaria anunciara una posible reducción en los salarios, estas huelgas generaron un interés que se intensificó cuando el telégrafo dio a conocer las peleas e incendios en Pittsburgh. Los magnates ferroviarios, alarmados, anularon el anuncio, pero mientras tanto se había convocado a una reunión para expresar apoyo a los huelguistas del Este en el solar frente a la nueva municipalidad. Dicha reunión se convocó en respuesta a la solicitud de constancias de trabajo en el Este, pero quedó opacada en medio de la conmoción provocada por el disturbio de Pittsburgh. Las autoridades extremistas, preocupadas quizás por el motivo que había llevado a los magnates ferroviarios a anular la reducción, arrestaron a los hombres que cargaban pancartas avisando acerca de la reunión. En medio del tumulto, corrió descontrolada la noticia de que se llevaría a cabo una junta incendiaria que terminaría en la quema del Pacific Mail Docks (muelle de correo hacia China) como así también del barrio chino.

La reunión se llevó a cabo, ya que las autoridades entendieron que no había motivo para impedirlas. No se habló de anarquía o ni hubo alusión a los chinos por parte de los promotores de la reunión o los voceros, pero la exaltación se reflejaba en el grito "¡Para el barrio chino!" que se oía en los alrededores de la inmensa multitud, un movimiento sofocado a tiempo por la policía. Además, en distritos más lejanos, un grupo de pandilleros asaltaron y destruyeron algunas lavanderías chinas. Los diarios, sensacionalistas al extremo, hicieron la mayor parte del trabajo a la mañana siguiente y, en la agitación generada por las noticias del Este, se llevó a cabo una reunión en las salas de la Cámara de Comercio, donde se organizó un Comité de Seguridad Pública con el Presidente del Comité de Vigilancia de 1856 [William Tell Coleman] a la cabeza. El indicio quizás fue sugerido por un telegrama que leía que los ciudadanos de Pittsburgh habían restablecido el orden organizando una fuerza armada con bates de béisbol. En San Francisco eligieron el levantamiento de piquetas y durante varios días un grupo de hombres armados deambuló por las calles [...]

Entre aquellos que llevaban piquetas en esta "brigada de piquetas", como se la bautizó, se encontraba un carrero irlandés que, desde entonces, se volvió famoso.

[Denis] Kearney, un hombre de estricta templanza, excepto en su discurso, había montado un buen negocio de carros para casas mercantiles. Había conseguido, además de los caballos y carros de carga, una propiedad pequeña, pero cómoda. Hasta ese momento, no había participado en política, salvo en marchas con antorchas como parte de "Hayes invincible" (los Hayes invisibles). Sin embargo, durante más de dos años había participado en una especie de club gratuito de debate cada domingo por la tarde y se había educado en el Lyceum of Self-Culture, donde aprendió a hablar en público. Si bien no consumía alcohol ni tabaco, dicha moderación no se reflejó en sus opiniones o expresiones. Se hizo conocido no sólo por los ataques sumamente vulgares contra todas las formas de religión, especialmente contra aquella en la que se había criado, la Católica, sino también por la malevolencia con la que abusaba de la clase trabajadora, y aprovechaba cada ocasión que se producía en el lado capitalista […]

La primera jugada fue una reunión para considerar el problema con los chinos. En dicha ocasión, el discurso estuvo a cargo de un respetado y destacado ciudadano, pero cuando Kearney, que oficiaba como secretario, obtuvo la palabra, ofreció un estimulante mental más picante al leer una descripción de la quema de Moscú, sugiriendo así lo que podría depararle a San Francisco. Entonces, apropiándose del nombre de Partido Obrero, Day y Kearny se dirigieron hacia el solar y reclutaron algunos otros voceros. A pesar de su naturaleza violenta, estas arengas hubieran llamado poco la atención y, de hecho, el movimiento podría haber sido truncado de raíz (ya que se conformaron varios partidos rivales y se erigieron plataformas opositoras a unos pocos pies de distancia) si no fuera por la aparición de un poderoso aliado del tipo que se necesitaba.

Los dos diarios de mayor circulación de San Francisco son el Call y el Chronicle entre los cuales existe una antigua e marcada rivalidad. El Call tiene mayor circulación y mejores ganancias gracias a la clase obrera. Es un buen diario, pero la administración de su editorial es ridículamente medrosa. El Chronicle, cuyo dueño principal [Charles de Young] perdió la vida en un trágico episodio, producto de estos acontecimientos, es un diario que se puede describir como "diario en vivo", ya que es del tipo más inescrupuloso y tenaz. Como si se hubiera conformado una sociedad tácita, Kearney comenzó a solicitar a los obreros que leyeran el Chronicle en vez del Call, ya que el Chronicle informaba de las reuniones en el mejor de los estilos, otorgándole a Kearney un lugar destacado. Además, este diario dedicaba sus mejores periodistas a la creación y ornamentación de los discursos de Kearney. Tras ser promocionada, las reuniones comenzaron a atraer público.

California Street Hill está rodeada de palacios pertenecientes a los magnates ferroviarios, hombres que hasta hace pocos años atrás vendían petróleo en bruto o vendían productos disecados, pero que ahora cuentan su fortuna en millones. Para completar la cuadra que uno de estos personajes había elegido para situar su palacio, se necesitaba la casa de un empresario de pompas fúnebres. El empresario quería más de lo que el magnate estaba dispuesto a pagar, por lo que este último suspendió las negociaciones cercando la casa del empresario en tres lados con un cerco de madera, probablemente el más alto de la costa del Pacífico o incluso el más alto del mundo. Este auténtico ataúd, que quitaba toda visión y luz a la pequeña casa del empresario de la funeraria, es una de las características más llamativas de la montaña. Si hubiera sido por el derecho consuetudinario, ahora derogado en California por el código, no se hubiera permitido.

Con la ayuda del Chronicle, las reuniones comenzaron a atraer multitudes, principalmente a desocupados, que después de la cosecha se aglomeraban en San Francisco, y a una clase que se había multiplicado en los últimos años: los mendigos o huelguistas de profesión. Se convocó a una reunión en la cima de California Street Hill. Cuando la multitud en aumento ovacionaba a los magnates, uno de los oradores, un panfletista y escritor del diario muy conocido en California durante muchos años, propuso celebrar el Día de Acción de Gracias derribando la gran cerca, si no la habían quitado para ese entonces. Esto fue demasiado: Los magnates ferroviarios estaban asustados, hasta el diario Chronicle pidió el arresto de los agitadores. Repentinamente se infundió una energía en las autoridades que decidieron arrestar a los magnates como así también a quienes proponían destruir la cerca bajo los cargos de disturbios.

Esta segunda parte muestra lo desacertado de los arrestos. Es importante destacar que en la arenga fuerte de Kearney no había incitación directa a la violencia. Habló de abrirse camino entre la sangre, colgar a los ladrones oficiales, quemar el barrio chino y, en general, "criar a Caín", pero siempre las frases estuvieron acompañadas de la conjunción "si". Nunca tuvo la intención de proponer ninguna de estas prácticas, al igual que su compatriota Daniel O'Connell no quiso formar una resistencia armada contra el gobierno inglés. Ni siquiera se puede destacar nada de lo que Kearney haya dicho que sea más violento o incendiario de lo que se haya dicho anteriormente bajo el manto de la impunidad. Kearney no fue sino un líder republicano, un hombre con fortuna, habilidad e influencia, que logró una posición elevada y fue durante un año miembro destacado de la Convención Nacional Republicana, que propuso en primera instancia quemar en los muelles los buques de vapor Pacific Mail si no dejaban de traer chinos. Sin embargo, fue un oponente del Kearneyism el que, entre aplausos, en la sala más amplia de la ciudad, sugirió primeramente que se limpiara con llamas el barrio chino y se sembrara césped en su lugar. Con respecto a las duras denuncias de partidos, clases o individuos, y a los pronósticos de violencia y calamidad, o a si éste, ése o aquél se llevaron a cabo o no, probablemente no hay nada que Kearney o sus seguidores hayan dicho que no coincida con discursos o artículos periodísticos anteriores. Es cierto que, en algunas ocasiones, el peligro surge de los abusos de la libertad de expresión, pero es excesivamente complicado tratar de trazar una línea clara entre la incitación directa y la acción ilegal específica. Por eso, la única medida consecuente con la genialidad de nuestras instituciones es dejar que estos abusos se subsanen naturalmente […]

Las amenazas del orden social que se generan por la desigualdad de riqueza provienen de esta situación y del descontento de las clases menos afortunadas. Fue este sentimiento el que, cuando se organizó la "brigada de piquetas", preparó el terreno y dio el puntapié inicial para el disturbio; fue el mismo sentimiento el que, influenciando ciegamente a las autoridades, le dio poder y dignidad al disturbio […]

El sentimiento que surgió del problema con los chinos era tan fuerte en California que le aseguró la victoria a cualquier partido que lo utilizara por completo. Sin embargo, la dificultad que se presentaba al tratar de obtener capital político de este sentimiento era conseguir resistencia, ya que todos los partidos estaban dispuestos a utilizar la postura antichina más fuerte. Sin embargo, el miedo que los agitadores habían evidentemente infundido y el esfuerzo por sofocarlo actuaron como resistencia. Si bien todos los partidos eran antichinos, el partido que se empeñaba en formarse se convirtió directamente en el partido antichino ante la mirada de aquellos que tenían un sentimiento más fuertemente arraigado y, al mismo tiempo, se volvió la expresión, aunque indeterminada y vaga, de toda clase de descontento. Era evidente que se transformaría en una fuerza política en, por lo menos, una elección. El estrato más bajo de políticos del distrito corrió a formar parte del partido, ya que era una buena posibilidad de obtener un puesto. El Chronicle, que ante la primera reacción redobló su servicio, informaba al estado sobre las resoluciones del nuevo partido solicitándoles a los obreros que dejaran de comprar el Call. Este último diario, que perdió muchos suscriptores, comenzó a superar sigilosamente al Chronicle en sus reportajes y exageración publicitaria.

Otros diarios, reconocidos como fuentes de interés, pero popularmente menospreciados, hicieron todo lo posible para denunciar a Kearney y mantenerlo en primera plana. Los republicanos vieron en el movimiento una división del voto demócrata que valía la pena fomentar; los demócratas, en cambio, lo consideraron como una posibilidad de triunfo futuro; y el político sabio se mantuvo en el lado correcto. Las autoridades municipales, con las futuras elecciones en mente, pasaron de la persecución al servilismo. Por otro lado, el gran interés por el ferrocarril llegó a un acuerdo tácito, o sus representantes se instalaron por cuenta propia en la nueva organización, utilizándola para ayudar a sus amigos o ahuyentar sus enemigos, ya que ambicionaban utilizar, y en general lo consiguieron, todos los partidos. Los hombres de alta alcurnia no dudaron, cuando les convino, en proporcionar puntos e interesarse en las arengas dadas en los solares o hablar en reuniones en las que Kearney y su pandilla habían convocado, porque no fue sino hasta que tuvieron una cálida recepción en un junta demócrata, que se atribuyeron el derecho de interrumpir y "aplanar" cualquier reunión que no les agradara. (No se han realizado más reuniones en Nob Hill ni se ha denunciado a magnates ferroviarios o grandes firmas. Por el contrario, todos los funcionarios elegidos por obreros parecen haber sido empleados o amigos de los magnates o personas que no podían dañarlos. Además, un abogado muy adinerado ha sido el presunto consejero confidencial de Kearney.)

Kearney llegó rápidamente a la cresta del movimiento, cambiando su primer puesto como secretario por el de presidente poco después de tomar el solar y, para cuando él y sus compañeros fueron victoriosamente liberados de la prisión, se había desempeñado tan bien como cabecilla que se convirtió para el público en el representante y la personificación del movimiento. Se esforzó mucho por mantener el puesto. La organización que él gestionaba para dar lugar al nuevo partido se había diseñado perfectamente para este fin. La recopilación semanal en el solar, donde todos podían opinar y votar, se conoció como el gran parlamento y plebiscito. En las convenciones estatales, en las que los clubes nacionales y municipales estaban representados, la supremacía de los clubes municipales estaba dada por la inhabilitación de los apoderados. Como presidente del partido (algo novedoso para la política estadounidense, pero una idea probablemente proveniente del Comité de Seguridad Pública), Kearney era todo menos una mera figura decorativa. Parecía haber vislumbrado, tan claro como lo vería cualquier estudiante reflexivo de historia, el verdadero nacimiento y fundación del poder arbitrario: la conexión entre el César y el proletariado.

Se presentaba siempre con vestimenta de trabajo rústica. En una ocasión, anunció que no aceptaría puestos políticos, que apenas lograra llevar a la gente a la victoria, volvería a sus carros de carga, y mientras tanto tendría que sobrevivir con el dinero de colectas, motivo por el cual pasaba el sombrero en cada reunión. Este tipo de actitudes, el estilo de su oratoria, el reconocimiento que había obtenido, su energía, prudencia y templanza le otorgaron el dominio de ese elemento flotante que envolvería la mayoría de las reuniones y sería la voz más escuchada. Gracias a esto, dominó también el partido [...]

No tengo conocimiento de si alguna vez Kearney o una cantidad importante de sus seguidores consideraron seriamente apelar a la fuerza, ya fuere para deshacerse de los chinos o por cualquier otro motivo. Las escasas compañías militares formadas por obreros hubieran sido insignificantes en comparación con la bien equipada milicia de la ciudad, y representaban simplemente un entretenimiento, una especie de contrapartida e imitación del Comité de Seguridad Pública. Finalmente, es necesario recordar que estas ligeras sugerencias de violencia no sólo, como mencioné anteriormente, aseguraban la resistencia que transformaría la fuerza latente en poder político, sino que también este disturbio impuso un control importante sobre el empleo y la inmigración china, a tal punto que el Congreso aprobó el proyecto de ley de exclusión de chinos (este proyecto fue anunciado por Kearney en aquel entonces). Dicha ley se declaró como una de sus victorias.

  • página
  • 1